La juez le ha dado la razón al fiscal y se la ha quitado a la hermana de la princesa. Tendrá que pagar las costas del juicio, unos 40.000 euros. En mi opinión, Telma Ortiz tiene razón en su queja pero no en su demanda. No creo que ninguna persona, sea quien sea, se merezca el acoso permanente de los medios en su vida privada; que no pueda bajar a comprar el pan sin la intimidad del anonimato, esa libertad que nos dio la ciudad. Los abusos de la prensa rosa son intolerables y evidentes. Tal vez habría que plantearse una reforma legal que delimite de forma más clara la frontera entre el derecho a la intimidad y el derecho a la información. Sin embargo, la solución no puede ser una medida preventiva.
Jurídicamente el argumento de los abogados de Telma Ortiz no se sostiene y, además, dejaría la puerta abierta para que otras personas, sin ninguna razón, se amparasen en la misma opacidad. ¿Y si mañana es un político corrupto el que pide que no se informe sobre él?
El Ayuntamiento de Madrid, en su campaña de cierre de locales nocturnos, ha recortado el horario del club Nasti. Este mítico garito, antes conocido como Maravillas, es una de las pocas salas de conciertos que quedan por Madrid con una programación digna de tal nombre. Hasta ahora, era también uno de los pocos sitios en Malasaña que permanecía abierto más allá de las 3:30. Desde hace unas semanas, y no se sabe muy bien por qué, la misma licencia que antes les permitía cerrar a las seis de la mañana sólo les deja abrir hasta las 3:30; una decisión que podría provocar a medio plazo el cierre de la sala. Esta noche, a partir de las 21:00, arrancan una serie de conciertos en defensa del Nasti. No sé si tienen una oportunidad contra la cultura del chotis y la guateque, pero cuentan con todas mis simpatías.
No quiero hacerme ilusiones, que puede que no dure. Pero si esto sigue así, será la primera vez en cinco años en que el PP no rompa la unidad de los partidos contra ETA tras un atentado terrorista. Si el giro de Rajoy, que tanto enfada a San Gil, es éste, ojalá lo consiga.
Ana Botella se suma a Aguirre y también le pide a Rajoy que reflexione: “En el País Vasco han muerto muchas personas en estos años por defender la idea de España y creo que la mayoría de los votantes del PP y los militantes del partido defienden la idea de España y vamos a luchar porque (esa idea) se vea reflejada en la ponencia política (…) yo desde luego estoy con María San Gil”.
Y ya sólo falta que hable Aznar. O que calle para siempre.
Una vez es anécdota. Dos veces puede ser casualidad. Tres es tendencia. Si esta semana que ahora arranca, otro dirigente del PP aprovecha el lunes o el martes para decir que se larga es que Rajoy, más que un congreso, lo que afronta es una guerra civil. Ojo a Costa, ojo a Pizarro.
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María San Gil no tiene el cuerpo para giros al centro: abandona la redacción de la ponencia política porque no está de acuerdo con el guiño al nacionalismo moderado que quiere introducir Rajoy en el discurso.
Esperanza Aguirre: “El hecho de que un referente moral como María San Gil decida abandonar la ponencia política o no firmarla por discrepancias de criterio nos debe mover a todos a la reflexión”
“Es un honor que Rajoy me haya sentado en su andamio para trabajar juntos por España (…) Sí, me veo de portavoz, pero también veo a cuatrocientos compañeros más de portavoces. En el PP todos somos intercambiables. El ejército que se enfrentó a los griegos en las Termópilas contaba con un grupo de soldados a los que llamaban «los inmortales», no porque no se les pudiera matar, sino porque en cuanto uno caía era inmediatamente reemplazado por otro que estaba detrás, de modo que daba la sensación que aquella formación no se deshacía en ningún caso. Los militantes del Partido Popular somos inmortales en ese sentido. Eso lo aprendimos de José María Aznar, que nos hizo un partido de militantes libres e iguales.”
Hay dos teorías para explicar por qué la tripulación de la Bounty se amotinó. Hay que estar muy enfadado para, en 1789, cuando la traición se pagaba con una soga al cuello, abandonar en un bote en el Pacífico a tu capitán y a 18 marinos leales a él, provistos sólo de algunos alimentos, una vela, un sextante y un reloj. El capitán Willian Bligh, con todo, tuvo suerte. 41 días y 5.800 millas después del motín, consiguió llegar a la isla de Timor. Sólo perdió un hombre en una heroica travesía donde demostró más dotes de mando que en toda su carrera anterior. Hay dos teorías para explicar por qué la Bounty se amotinó contra Bligh y ninguna deja bien al capitán.
Un año y medio antes del motín, la Bounty había partido de Inglaterra con destino a la isla de Tahití, en el Pacífico. Su misión consistía en recoger un cargamento de brotes de fruto de pan y llevarlos hasta el Caribe, donde la planta serviría como alimento barato para los esclavos de las plantaciones de caña de azúcar. Bligh intentó llegar al océano Pacífico rodeando América por el sur, pero una tempestad le impidió doblar el cabo de Hornos. Tuvo que cambiar su ruta y casi dar la vuelta al mundo para llegar a Tahití por el camino más largo, a través del sur de África y el Índico. La Bounty llegó a su destino a los 10 meses de partir, con demasiado retraso. Los brotes de fruto de pan no estaban para viajes. Había que esperar a una nueva cosecha.
Tras el infierno en alta mar, la tripulación disfrutó de la relajada vida en la isla y de sus nativas. Algunos incluso se casaron. A los cinco meses, cuando por fin el cargamento estuvo listo y Bligh dio la orden de embarcar, muchos de los marinos protestaron. Unas semanas después, llegó la rebelión en alta mar.
Hay dos teorías para explicar el motín, aunque probablemente fue una mezcla de ambas. Unos historiadores culpan a la inexperiencia del capitán y a su excesiva mano dura; a un espartano racionamiento del agua. Otros, sin embargo, creen que el motín no lo provocó la disciplina sino la ausencia de ella durante los relajados meses en Tahití. Los marineros en tierra, junto a las nativas, pronto se acostumbraron a un paraíso que no quisieron olvidar sin más.
La historia de la Bounty ya ha dado para tres películas. La mejor de ellas, con Marlon Brando como protagonista en el papel de oficial rebelde, es hoy muy comentada en los pasillos del Congreso. “Rajoy se está comportando como el capitán Bligh”, me dice un diputado del PP, que asegura que “Rebelión a bordo” es la película que mejor explica la situación de su partido. “No se fía de ninguno de sus oficiales y por eso se está rodeando de pelotas y mediocres en lugar de apoyarse en los mejores e intentar integrar a las distintas corrientes”.
Esta semana, tras dos meses de tormenta, el capitán Mariano Rajoy ha reconocido lo evidente: que en el barco del PP se viven “circunstancias difíciles”. Es todo un avance, pues hasta ahora defendía que la crisis de su partido sólo existía en la imaginación de los periodistas. Sin embargo, su definición se queda más que corta, es como llamar marejadilla a la tempestad. Mientras en público las declaraciones críticas se suceden hasta en los sectores del PP menos dados a las intrigas –¿quién iba a imaginar a Ignacio Astarloa o a María San Gil pidiendo explicaciones a su presidente?–, en privado la cosa es mucho peor. Hoy es casi imposible encontrar a un dirigente del PP que no reconozca, sin grabadoras delante, que su partido está viviendo la crisis más grave de toda su historia. Hay incluso quien habla del riesgo de una ruptura en el propio grupo parlamentario. Es lo más parecido a un naufragio que puede imaginarse la derecha.
Pese a la división en el PP, hay una cosa en la que existe casi total unanimidad: Rajoy no será el candidato en el 2012. Más allá del círculo cercano al presidente del PP –sus leales, que saben que se irán en el bote con él si la rebelión triunfa–, la gran pelea de la derecha es, en el fondo, cosa de dos. Está entre los de Esperanza Aguirre, que quieren que Rajoy se marche ya, y los de Francisco Camps, que prefieren que sea dentro de tres años, en el congreso de 2011. A Camps le interesa que Rajoy aguante porque él aún no cuenta con proyección nacional. “No quiere dejar el poder en Valencia para meterse en un despacho en Génova a hacer oposición a cuatro años de las elecciones”, argumentan desde el PP de Madrid.
Más allá de los dos oficiales que aspiran a quedarse con el timón del barco, algunos diputados buscan una tercera vía. El ejemplo de Zapatero y la historia reciente del PSOE es evidente, aunque les daría urticaria sólo de reconocerlo como tal. Alrededor del llamado G40, un grupo de diputados y senadores del PP en los cuarenta y tantos años, se especula con la posibilidad de una segunda lista para el congreso de junio. “Lo tienen difícil”, dicen los de Aguirre. “Rajoy ha utilizado el partido para atar el congreso con avales en blanco, no conseguirían ni siquiera el número suficiente como para llegar a presentarse”.
Mientras algunos oficiales, los que más disfrutaron del paraíso de los años de Gobierno, abandonan el barco, el resto del partido se queja de la disciplina. Han descubierto ahora las desventajas de un sistema presidencialista con un poder de mando militar; un esquema pensado para que en el PP no se repitiesen las disidencias de la vieja AP, pero que hace aguas cuando el mayor rebelde es el propio capitán. En esta película, sólo falta un papel por asignar. ¿Quién hará de Marlon Brando?
Dice la vicepresidenta del Gobierno que, en esta legislatura, hay que “avanzar en la laicidad del estado”. No tengo muchas esperanzas en que de verdad el PSOE se atreva por fin con esta tarea tan polémica, que en España está pendiente desde hace siglos. Si de verdad se animan, tienen trabajo. Estas son las propuestas de Público para este debate: nuestro decálogo para un estado laico
I. Educarás en igualdad
II. No sermonearás fuera del púlpito
III. No impondrás tus símbolos al Estado
IV. No mezclarás la gloria terrenal y celestial
V. No acapararás las fiestas del calendario
VI. No invadirás instituciones públicas
VII. Cuidarás de tu propio patrimonio
VIII. Acatarás la ley de datos
IX. No utilizarás los medios públicos
X. Te autofinanciarás